La lechuza y el halcón.

 



¿Por qué las aves?. Porque tienen alas, inmediatamente nos evocan sensación de libertad. Siempre me ha gustado su dualidad: su fragilidad aparente, con sus patitas de alambre y sus plumas suaves y cálidas, y con su pico recio capaz de causar dolor. Como los humanos. Cada día veo diferentes especies de ave ante mí. Los halcones, con su mirada penetrante, su vuelo decidido, siempre eficaces para conseguir sus metas; los loros, de coloridos ropajes y parloteo divertido, aunque sin nada inteligente que decir. Los cuervos, listos, rápidos en aprendizaje y que sin querer pueden hacernos daño. ¿Han visto alguna vez un cuervo lanzando nueces desde el aire para poder abrirlas?. Ahora imaginen que les cae encima. Aunque nos haya dolido no podemos guardar rencor al cuervo durante mucho tiempo, porque sabemos que no lo hizo a propósito: simplemente no se dio cuenta del daño que podía causarnos. Abundan los alcaudones, dispuestos a exprimir a sus presas hasta la última gota de sangre, y los buitres carroñeros a los que no les importa aprovecharse de aquellos que han caído. Con tristeza observo multitudes de estorninos, volando en conjunto sin salirse del grupo, buscando la protección de la bandada, sin llegar a plantearse que quizás existía otra ruta de vuelo. Y es que volar en solitario puede ser duro.

¿Y quién soy yo?: una lechuza común. Común, que no vulgar. Un ave nocturna, tranquila, que prefiere moverse entre las sombras. Además, tiene una cualidad particular: no emite el menor sonido al volar. Llega, hace lo que debe hacer y después se va. Nadie sabe que ha estado allí, nadie la ha oído llegar, pero ha cumplido con su función y ha vuelto a la sombra, donde se siente segura. Que nadie se deje engañar por su aspecto delicado: cuando se siente amenazada o detecta un enemigo puede ser temible. 

Hay aves que fueron creadas para brillar a la luz del sol y otras que fueron diseñadas para moverse en la penumbra. Tan cruel sería condenar a un halcón a la oscuridad como exponer a una lechuza a la claridad del día: el halcón moriría de pena, y la lechuza se cegaría. Por eso debemos respetar que cada uno pueda tener su espacio y no obligarles a estar en un lugar que su propia naturaleza rechaza.

¿Y los humanos?. Los humanos envidiamos esas alas sin darnos cuenta de que esa libertad anhelada siempre estuvo dentro de nosotros. Porque tenemos la capacidad de elegir, de volar donde deseemos y lo mejor que podemos hacer es huir de quien intente recortar nuestras alas.




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