SOBRE BRUJAS Y VAMPIROS
¿Por qué celebrar Halloween?. Bueno, ¿y por qué no?. Los más puristas dirán que “es una fiesta importada”, pero… ¿y cuál no lo es?. Así que muy a su pesar un año más las calles se han llenado de disfraces de la serie de moda y de seres del inframundo. A mí siempre me han interesado este tipo de fiestas, no porque me guste especialmente disfrazarme, sino porque la gente suele dejarse llevar y quitarse la careta que lleva puesta el resto del año. No voy a hablar de los individuos de mono rojo y máscara que nos invaden este año (aunque es digno de estudio que cada cierto tiempo las series utilicen este tipo de uniforme), sino que me centraré en los disfraces clásicos, los auténticos, los de toda la vida.
La amable vecina que nos dice que estamos mucho mejor con el par de kilitos que hemos ganado deja en casa su abrigo de visón para vestirse de bruja. La chica callada de la oficina elige el mismo disfraz, tal vez esperando que por fin le hagan caso: aún no se ha dado cuenta de que no existen hechizos mágicos, que el poder de las palabras reside en la convicción con las que son pronunciadas. El hombre tranquilo con fama de volverse irascible en el momento más inesperado se viste de hombre lobo y el buen chico que toda su vida ha hecho lo que decían sus padres, su jefe, su pareja… se viste del monstruo de Frankenstein, consciente de que ha sido construido en base a los deseos de los demás, sin tener en cuenta los suyos propios. El chico paciente y tímido que jamás ha tenido una mala palabra hacia nadie escoge un disfraz de demonio, dejándonos entrever a dónde le encantaría mandar a la gente la mayor parte del tiempo. Aquellos que han venido a menos se enfundan en sudarios de momia: son reliquias de un mundo que ya no existe y viven de sus recuerdos. La chica que ve cómo se desmorona todo a su alrededor se pone un disfraz de esqueleto: parece que está en las últimas, pero a pesar de todo aún permanece en pie. Y no podemos olvidar a los fantasmas: una sábana blanca, un par de agujeros y a correr. Los suelen usar los despistados que no tenían qué ponerse a última hora y los que ya son “fantasmas” el resto del año. También abundan los zombies (rasgar algo de ropa vieja sólo requiere algo más de esfuerzo que el disfraz de fantasma), pero no me parece un disfraz real porque no se han quitado la careta, ya que son igual de primarios en su vida cotidiana y al igual que a ellos, también les gusta "comer" cerebros. Pero el disfraz estrella es el de vampiro: esa gente que de cara a la galería nos suelta un discurso progresista, que va a manifestaciones en pro de mejoras salariales, educativas y sanitarias, por fin nos enseña su verdadero rostro y nos hace ver que no tendría escrúpulos en chuparle la sangre a compañeros o empleados.
Este año, en contra de mi costumbre, me he disfrazado. Mi subconsciente me ha traicionado y me he visto enfundada en un disfraz de bruja. Dejaré que sea el lector quien decida qué tipo de bruja soy: hace unos días dejé el castillo en el que trabajé durante 9 años y me he ido volando en mi escoba a otro castillo. Mis antiguos jefes es posible que me hayan llamado algo más que “bruja” desde mi marcha y tal idea hace que se dibuje en mis labios una sonrisa malévola. Por mi parte, apenas he aterrizado y aparcado la escoba en mi nuevo empleo, pero por el momento las perspectivas son buenas.
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